jueves, 18 de abril de 2019

El negociador (relato)





EL NEGOCIADOR
(Relato)




POR
D.S.R



Últimamente no duermo bien. En mi cabeza resuena una y otra vez el estallido de la bomba. Por
las noches es peor, desde luego. En mis sueños veo los cristales rotos de las ventanas del banco
viniendo hacia mí como en una película en 3D. Siento que intentan atravesarme por no haber sido
capaz de detener o menguar la tragedia. Ahora más de veinte personas están muertas y me siento
pleno responsable. Soy un negociador de la policía. Licenciado en psicología criminalista, y ahora
soy yo el que ha de ir a un psicólogo para poder sobrellevar esto. La vida es una putada y a lo má-
ximo que se puede aspirar en ella es a tener la suficiente suerte como para poder sobrellevarla me-
dianamente normal. Y lo peor de todo es que el tipo que accionó la bomba me cayó bien porque al
fin y al cabo no fue mas que otra victima del sistema, y no lo estoy justificando para nada. Lo pri-
mero que te enseñan en psicología si vas a ser psicólogo es a no compararte o a no simpatizar
demasiado con la gente que tratas pero, por mucho que tratemos de negarlo, seguimos siendo hu-
manos, joder... Cuando pienso que el día anterior pensé en cogerme el día para asuntos propios.
No hago nada mas que darle vueltas a la idea de que podía haber estado en mil sitios en vez de
allí frente a aquel banco hablando por teléfono con un tipo que trató de robarlo sin éxito. Durante
mi carrera me han pasado cosas chungas, claro. Una vez recuerdo que tuve que negociar con un
tipo que se atrinchero en un bar reteniendo a varios clientes y que amenazaba con suicidarse por-
que su mujer se había liado con su mejor amigo y le había sacado hasta el último puto céntimo
de su cuenta corriente. No supe hacer bien mi trabajo. El tipo se suicidó y yo volví a casa con la
idea de que no puedo ayudar a todo el mundo. Estuve unas semanas de baja, como ahora, pero
aquello logré superarlo... Pero creo que esto ya es demasiado. Probablemente me ponga a dar
clases en universidades o algo así, desde luego no pienso volver a hacer este trabajo.

  - Si - contestó una voz firme y serena, la más serena que haya podido oír jamás.

  - Hola... - me quedé unos segundos callado porque el tono de aquella voz me pilló desprevenido;
esperaba encontrar al típico ladrón de tres al cuarto nervioso y pidiendo un coche o, si era muy
peliculero, hasta un helicóptero. - Me llamo Óscar. Soy el negociador de la policía. ¿Que tal todo
por ahí dentro?

  - ... Bueno. La cosa se ha... complicado un poco - me contestó con la misma calma.

  - Ya veo. Puedo saber con quien hablo. ¿Puedes decirme tu nombre o un nombre con el que po-
der llamarte?

  - Jonás. Me llamo Jonás Montalba. - En ese punto comprendí que la cosa no iba a acabar bien.
Nadie, absolutamente nadie en circunstancias similares hubiera dado su nombre real (podría ha-
ber sido una trola, pero por el tono de su voz sabía que no era así). Volví a sentirme despreveni-
do. Seguramente fuese por años de tratar a las personas como si fueran casos estándar de ma-
nuales de psicología, por no tener la suficiente capacidad o compromiso de ver a las personas
como eso: personas, y no como casos clínicos de libros que hay que seguir esperando siempre
que todos los pasos lleven siempre a lo predecible.

  - Bien. ¿Me puedes decir cuantos rehenes tienes ahí dentro, Jonás? Si me permites que te llame
Jonás.

  - Claro... Perdona, me has dicho que te llamabas... - esa educación me volvió a descolocar. Me
sentí como un estudiante en su primer año de facultad.

  - Óscar - dije como si en vez de estar hablando con un ladrón de bancos estuviera hablando con
alguien a quien me hubiesen presentado en un bar de copas.

  Al otro lado de la línea dejó de oírse la respiración tranquila y pausada de Jonás. A los pocos se-
gundos regresó.

  - Creo que unos veinte aproximadamente - contestó.

  - ¿Me puedes concretar un poco más? Quiero decir que si hay niños, mujeres o gente mayor -
las mujeres y los niños primero, primera norma en cualquier manual de evacuación.

  - No sé, Óscar, hay de todo un poco supongo. Como comprenderás, no tengo muchas ganas de
hacer un inventario.

  - Lo entiendo. Bueno y, ¿que va a pasar ahora? - dije con un tono amistoso.

  - Esa es una buena pregunta... - se lo pensó un angustioso rato para mí - Lo mas probable es
que muramos todos aquí dentro.

  Tendría que haber sido lo suficiente profesional como para quitarle hierro al asunto contestando
con alguna sonrisilla y diciendo algo como "Venga ya, macho, no hablarás en serio". Pero me
empecé a poner algo nervioso. Me saqué un cigarrillo del paquete de tabaco que llevaba en la
chaqueta.

  - No tiene porque acabar así y lo sabes, ¿verdad, Jonás? Tienes otras opciones, tío - sin su per-
miso y sin que él se diera cuenta trate de mostrarme más cercano para que mi voz fuera una es-
pecie de voz de su conciencia.

  - Dímelas, por favor - de nuevo ese tono educado que me sacaba de quicio. Me puse el cigarro
en la boca.

  - Para empezar puedes soltar a los rehenes y luego hablar de tratos. Puedes pedir condiciones -
empecé a andar por la calle acordonada en un claro acto de nerviosismo por mi parte. - Puedes
usarlos, aunque este mal decirlo, como moneda de cambio. En el caso de que fueras a la cárcel -
jamás hay que insinuarle siquiera lo obvio, los negociadores tenemos que ser tan falsos y crápu-
las como vendedores de coches de segunda mano, cosa que personalmente detesto pero... - tu
pena se reduciría si viesen que soltaste a los rehenes antes. Imagínate los titulares de los perió-
dicos "Jonás, el ladrón (quizá hubiera sido mejor no decir ladrón) con buen corazón (pero rimó)
que soltó a las mujeres y los niños antes de entregarse". Aguardé un rato en el cual me dio tiem-
po a encenderme el cigarro y ver la gente agolpada tras el cordón policial siendo testigos de
todo el despliegue de medios. Empecé a inquietarme al ver que el tipo no respondía. En ese mo-
mento albergué la vana esperanza de que quizá los soltaría sin tener que hacer o decir nada más.
Me encendí el cigarrillo. Su fría y serena voz no tembló un ápice cuando me respondió.

  - Voy a ser totalmente sincero contigo, eeeh... Óscar. No voy a soltar a nadie. Ni quiero nego-
ciar una mierda. Ahora escucha atentamente, tengo bombas repartidas por todo el banco, ¿de acu-
erdo? He venido bastante mentalizado con la idea de que si las cosas no salían bien, mandarlo to-
do a la mierda…

  - Pero... - traté de meter baza para que no terminara su discurso, pero enseguida me cortó con
su irritante, y no por ello falsa, educación.

  - Te pido por favor que no me interrumpas, si no te importa, porque yo no te he interrumpido antes
y me gustaría que tuvieras el mismo respeto por mí que el que yo he tenido por ti, ¿de acuerdo?

  - ... De acuerdo, Jonás - dejé que fuera él quien controlara la situación, otra mala idea por mi par-
te.

  - ¿Por dónde iba?...Ah, si. Ahórrate el discursito que también preparado pareces tener y deja de
hacerme pensar que tengo alguna posibilidad de salir de esta sin que me caigan al menos... ¿diez
años? Da igual. No pienso ir a la cárcel. Eso es lo único claro aquí. Puedes tratar de que liberé al-
gún rehén para aliviar mi conciencia antes de morir, es algo que te voy a permitir hacer ya que
aquí y ahora soy yo el que... lleva las riendas.

  Sabía que nunca había hablado tan en serio en su vida, lo podía ver escrito en su voz. ¿Que po-
día hacer yo?

  - ¿No tienes nada por lo que luchar en esta vida, amigo? - le pregunté en un acto desesperado
por volver a tomar el control - ¿No tienes mujer, hijos o una madre que te esté esperando en algún
lugar? Seguro que tienes algo por lo que luchar.

  - Alguien hay, si, pero no son lo suficientemente importantes como para luchar o sobrevivir por
ellos, Óscar. Yo era un tipo normal y corriente antes de decidir dar este atraco fallido. No soy un
criminal. Solo estoy hasta los huevos de no recibir ninguna oportunidad de esta sociedad, así que
supongo que en parte quiero desfogarme matando a todas estas personas.

  - Pero comprendes que todas esas personas que hay ahí dentro no tienen la culpa de... no sé,
que tú estés deprimido o de que no tengas trabajo. Si quieres joder a la sociedad: lucha, joder.
Sobreponte a ello - en este punto lo que dije era ya algo mas personal, algo que yo y todos nos
decimos a nosotros mismos para sobrellevar nuestra carga. - No dejes que ellos, los políticos,
los que ponen las normas, se salgan con la suya. Protesta, forma un sindicato, no sé, tío, pero
no elijas el camino más fácil, amigo, porque si lo haces si que acabarás convirtiéndote en un cri-
minal.

  En aquel momento hice una señal negativa con los ojos a un agente (que comandaba equipos es-
peciales de la policía) para decirle que aquello, irónicamente, estaba apunto de estallar. Los agen-
tes uniformados para tales casos tomaron posiciones ante el asombro de la muchedumbre.

  - ¿Sigues ahí, Jonás? - pregunté mientras consumía el cigarrillo hasta el filtro.

  - ¿Sabes que te estoy viendo? ¿Sabes que estoy viendo a todos esos GEOS, o lo que quiera
que sean, apunto de entrar? Tengo presionado el detonador con el pulgar. En cuanto lo suelte to-
do saltará por lo aires.

  Le hice una señal al jefe del equipo para que detuviera a sus hombres.

  - Suelta por lo menos a los niños, macho - dije, pedí, rogué con voz temblorosa. - Ellos no tienen
la culpa de nada.

  - ... Bueno... No sé que decirte... ¿Alguna vez has perdido rehenes... perdona, me cuesta acor-
darme de tu nombre, tengo demasiadas cosas en la cabeza…, alguna vez has perdido a otros re-
hénes en circunstancias similares?

  ¿A que coño venía aquella pregunta?, me dije. ¿Cómo era posible que el tipo estuviese a punto
de matar a veinte personas y tener la serenidad para preguntar aquello con tanta calma?

  - Alguna vez, si - contesté al recordar aquella vez en que un marido cabreado arrojo por la venta-
na a su mujer junto con el amante de ella.

  - Pues piensa, por las noches cuando te asalte la culpa por no haber podido evitar esto, que qui-
za estos niños eran futuros Bin Laden o peor aún, futuros Papas. Adiós, Óscar. Ha sido un placer
char

  - ¡Ey, ey, ey! Espera, tío, espera, espera. Si de verdad te importa como yo me sienta... - dije en
un intento egoísta de quitarme la culpa de encima, pero no me dio tiempo a terminar.

KABOOOUUUUUUUUMMMM

miércoles, 17 de abril de 2019

lunes, 12 de febrero de 2018



Y TÚ, ¿NO LO HARÍAS?

(RELATO)


POR
DAVID S. RODRÍGUEZ


                                           
I

Pues, yo si. Además, que tampoco  me  lo  hubiera  pensado demasiado. De hecho, si me hubieran
dicho que había que matar a alguien, no hubiera preguntado a quien, ni como, ni donde, ni por qué.
Por suerte no tuve  que matar a nadie, eso  no  quiere  decir, necesariamente, que no  haya habido
muertes en esta historia. Haberlas ahílas, y muchas.

  Vendí mi alma al diablo... Tampoco sé si realmente  era  el  diablo aquel tipo que intercambiaba li-
bros usados por  otros  igual de usados a las  personas que como yo se acercaron  aquel sábado a
hacer trueque, con cosas que ya no tenían pensado usar, a la feria  anual del trueque; por otra par-
te, algo necesario en el mundo  actual  y  en desuso debido al "usar y tirar" de las cosas de hoy día
fabricadas con la mentalidad propia  de quien fabrica  preservativos. A mí, sinceramente, el tipo me
pareció encantador desde  el primer momento. Claro que, ¿no dicen que el diablo es un experto en
eso para encandilar el alma humana? Sinceramente, me importa un comino. Mi sueño se ha hecho
realidad y eso es lo único  que importa. Muchos  hubieran pedido ser ricos o famosos (o las dos co-
sas), otros hubieran pedido  ser  guapos, para así no  pedir  mujeres  que  les  hubieran abandona-
do por ser feos, si todo  en  el  universo  tiene su lógica estúpida; los que ya de por si hubieran sido
guapos, hubieran pedido mujeres (podían  ser guapos y luego ser tímidos, por esas cosas extrañas
que tiene la vida). Los más ingenuos se hubieran  conformado  con  un helado de fresa, los más te-
merosos hubieran pedido saber las respuestas a las preguntas que asolan el corazón humano des-
de que somos humanos. En un primer  momento se me ocurrió  decir que quería la vida eterna, pe-
ro conociéndome como  me conozco, seguramente que me hubiera cansado. También pasó por mi
mente, fugazmente, la idea de reservarme un  buen  lugar  en  la otra vida; estamos en las mismas,
para que quería yo un lugar en el más  allá si ni si quiera sabia si existía ese más allá. Soy de esas
odiosas personas que si no ven algo palpable que  analizar  no  se  fía de las cosas. Ya os estaréis
preguntando que  carajo  habrá  pedido  este tío entonces. Pues, muy sencillo: escritor. Si, si, como
lo estáis  leyendo. Mi sueño  siempre  fue  ser  un  gran  escritor. No uno  de  estos  cualquiera que
saca dos  o  tres  libros  y  ya  esta  leído y releído y la gente guarda en  estanterías llenas de polvo
o en el rincón menos transitado de la biblioteca. Yo quería ser un Stephen King segunda parte o al-
go así. Tampoco es  que Stephen King me guste excesivamente, de hecho creo que es de los peo-
res escritores del mundo, pero si  no  hubiera sido por él, como el mismo dijo de Richard Matheson,                                                                                                                                                          
yo no estaría aquí; no estoy diciendo que sea mi padre, solo que  sino  hubiera  leído  nada de él, a
mí no me  hubiera  dado  por  comerme  el  gusanillo  ese de la escritura. Pero una cosa es segura,
Stephen King es un incombustible narrador. Que el tío se enrolla  como  una persiana en sus nove-
las, nadie lo duda, pero como  contador de relatos es único. Pero bueno, que no he venido aquí pa-
ra hacer una critica sobre "el rey del terror", sino para hablar sobre la realización de mi sueño.

  Pensarlo bien por un momento, ¿qué razón me hubiera movido a mí a pedir otra cosa que no fue-
ra ser escritor? Cuando uno  es  escritor  no  necesita  ser  guapo para ligar con mujeres, a algunas
les pone estar con alguien que escribe, como  si  nos  midiesen  el  pene según el tamaño de nues-
tras novelas, no sé, pero les pone tela. ¿Y para  qué  quiero yo riquezas  si  siendo escritor de éxito
tendré (ya tengo) todo el  dinero  que  pudiera  necesitar  en tres vidas? Que soy feo, lo reconozco.
Solo tengo que superar el miedo a meterme en un  quirófano para solucionar eso. En lo referente a
la fama, bueno, soy escritor, nunca seré tan  llamativo como Tom Cruise o Bon Jovi, pero igual, mis
fans se masturbarán  pensando  en  mis historias. No lo digo por escribir relatos porno eróticos, eso
solo lo hacia al  principio  para  pagarme la carrera de periodismo. De vez en cuando escribía algún
relato o guión porno para alguna productora de  tercera, nada serio. Para los que os estéis pregun-
tando si el porno tiene guión, si, si lo tiene.  Lo de la  vida  eterna y eso, bueno, me conformaré con
que sean mis obras las que sean inmortales.
  Lo que trato de decir es que ser escritor es la  opción más inteligente, lo más inteligente compara-
do con las otras que he mencionado, y que quede claro que no  estoy insinuando que los escritores
seamos más inteligentes que  quienes  no lo son, algunos somos estúpidos a más no poder..., pero
semos escritores (el "semos" lo he puesto a posta).


II

Hasta aquella mañana de sábado  en  la  gran plaza, donde aparte de la celebración anual del true-
que también se suelen celebrar muchas otras celebraciones  anuales, entre  ellas  la  del  día  de la
cerveza (y no me acuerdo de más, pero sé que  hay  otras  de menos interés turístico comarcal), yo
era el  típico  piltrafillas  aspirante  a  escritor  que  se  conformaba  con  escribir  relatos porno para
revistas guarras  que  no te daban un duro  por tu trabajo, que fueran relatos  porno no quiere decir
que dejasen de ser literatura  igualmente. De vez en  cuando  escribía cosejas no pornográficas co-
mo, por ejemplo, mi autobiografía  en  plan  cazador  de zombies en una Cuenca post-apocalíptica,
guiones para cine y cómic, o incluso algún relato como el que me ocupa en este momento.

  En la feria anual del trueque no solo había puestos de libros. Gente como tú y yo iba sin tenderete
ni na´ a cambiar cosas que ya no creían  necesitar mas; esa era  una de las cosas buenas para mí,
el que podía ir cualquiera, sentarse en  cualquier hueco  e  intercambiar sus cosas por otras, nunca
por dinero, ¿qué clase  de  feria  del trueque  sería si se hiciese por dinero? La gente iba a cambiar
los objetos más  vario pintos  que  os  podáis  imaginar. Objetos que, si  acaso, hubieras podido ver
en museos. Vi viejas maquinas de escribir Olivetti  y  recordé  mis  tiempos con aquellos enormes y
pesados trastos  que  tenías  casi  que  martillear  con los dedos para que se te marcasen las letras
en el folio, por no hablar de que no podías  rectificar  alguna frase mal puesta, o que no te gustaba,
del mismo modo  que  ahora  se hace con un simple gesto con el ratón, adiós al Tippex. También vi
un puesto de un matrimonio ya mayor que había  llevado  objetos  antiguos  de  labrar el campo; no
me refiero a azadas y tal, también había arados de los que se  les ponían a los burros antiguamen-
te para  labrar  o  recolectar: hoces, espuertas, una  rueda  de  carreta, rastrillos (la  mayoría oxida-
dos) y otros objetos que debían de ser para el  mismo fin, pero  que  yo  desconocía el nombre y su
uso. Y por muy inverosímil  que  pareciera, había gente que estaba interesada en la rueda de la ca-
rreta, estos coleccionistas. Otra señora  algo  rechoncha  gritaba que "todo  a  cinco  euros". No me
acerqué porque de lejos pude ver que lo que ofrecía no me interesaba. Un tío atrapado en los años
setenta, algo que se deducía por su vestimenta hippie  y  su parecido a un John Lennon aún joven,
cambiaba vinilos por comida, eso era lo  que  ponía en un cartón junto a él sentado en un muro. Ja-
nis Joplin, Jethro Tull, Beattles, The Who, Saxon, Led Zeppelin, Iggy Pop, David Bowie  y otros gru-                                                                                                                                                          
pos, preferiblemente de los años setenta, componían  su  repertorio de unos cincuenta discos. Una
pena que no me gustaran esos grupos. Una pareja  joven  pareció  interesarse  por  uno de los Ro-
lling.

  Seguí mi marcha circular por la  plaza  hasta  que  vi  el puesto del enterrador. Lo llamo enterrador
porque el tipo le daba un  aire  al  luchador  ese  de  la lucha libre, cuando yo la veía en Telecinco a
mediados de los noventa y en  donde salía Hulk Hogan, Estaca Dugan, El último guerrero (mi favo-
rito), el hombre de un millón de dólares  y  otro  que  siempre regalaba sus gafas de sol a algún pe-
queño fan de entre  el  publico  asistente; a mí me encantaban aquellos combates tan espectacula-
res, hasta que comprendí, del mismo  modo  que  un  niño comprende  que  no existe Santa Claus,
que todo era puro teatro, asquerosos impostores. En cualquier  caso  el  tipo  se parecía al enterra-
dor, que era  otro  de  los  actores  de la lucha libre de entonces, el tío se caracterizaba por su apa-
riencia aterradora y por que  siempre metía a sus "victimas" en bolsas de plástico para cadáveres...
Por lo  menos  entonces  se  lo  curraban más. En el Pressing de hoy día, todos  son John Cena en
distintas versiones. Pues el tío del puesto de  libros se parecía a ese, todo vestido de negro, con un
sombrero del lejano Oeste, también negro, y unos guantes  de lana grises recortados en los dedos.
Sus ojos estaban inyectados en  sangre  y  era muy pálido, cosa que se podía deber a que no hubi-
era dormido en varios días. Me puse a hojear  algunos de los libros que había sobre una improvisa-
da mesa hecha con un  largo tablón y dos caballetes. Nada que me interesase a primera vista, has-
ta que en un apartado rincón me aguardaban  una  pila  de cómics. Habría como unos veinte, todos
antiguos y con las esquinas dobladas (no  puedo  soportar  que  se  doblen  las  esquinas), aun así,
eso no me  impidió  echarle  el  ojo  a  los  tres  primeros números de Spawn, el Spiderman número
52, donde muere Stacy (como puede alguien deshacerse de  una obra de arte como esa), el núme-
ro siete del Deadman de Neal Adams, solo  el  número  siete, si tenemos  en  cuenta  que  la mítica              
serie se componía  de  doce números, a lo mejor  era  un poco estúpido hacerse con él, pero igual-
mente, lo quería. También había un  cómic  llamado Ranxerox  y  otro llamado Tank Girl que me in-
teresaban más por las escenas de violencia que  porque  supiera  realmente que estaba intentando
intercambiar. El enterrador se acercó a mí y me preguntó:

  - ¿Te gustan los cómics?

  - Me encantan. Aunque me gusta más escribir, la verdad.

  - Eso esta muy bien. A la gente ya no le gusta ni lo uno ni lo otro.

  - Una pena, pero... Llevo aquí unos libros para cambiar. Puede que te le interese alguno.

  - Enséñamelos. - me dijo alargando la mano.

  De la mochila que llevaba a la espalda  saqué  varios  libros que no hacían otra cosa que estorbar
en mi casa. Uno era el “Tratado de la tolerancia” de Voltaire, de mis  años en los que la filosofía me
quebraba los nervios, una guía  de  zoológico  donde  salían  imágenes de más de ciento cincuenta
especies de animales acuáticos, terrestres  y  de  aire  que  compré  en una librería de Valencia por
el simple hecho de que el librito me  pareció mono, por su tamaño, y económico; por el amor de Di-
os, si en la vida he ido a un zoológico, ni tenia intención  de  hacerlo  cuando me compré ese minili-
bro; una biografía  de Charles Darwin, un libro  sobre  el optimismo, de esos  que  te  regalan como
suplemento al comprar alguna  mala  revista  que lo único que tiene para ofrecer son los suplemen-
tos, y otros tantos libros de versiones abreviadas de clásicos como “Los viajes de Gulliver” y alguno
de Julio Verne, que ni siquiera recordaba de donde  los había sacado. Le ofrecí todos ellos al ente-
rrador.

  - ¿Qué quieres por todo esto? - dijo mientras los hojeaba distraído.

  - Estos. - le dije mostrándole los cómics que ya tenia seleccionados a un lado del resto.
                                                                                                                                                           
  - De acuerdo. - me dijo sin ni siquiera mirar  los  cómics que le mostraba, como si el tipo no le die-
ra importancia al hecho de que le cambiará el número 52 de Spiderman por  una  guía de animales
que probablemente te regalasen a la entrada del zoológico.

  - Vale. - dije metiéndome los cómics en la mochila.

  - ¿Y sobre que sueles escribir, si puedo preguntar? - me dijo dejando  los libros a un lado y miran-
dome con una mirada  que  me  dio  la  sensación de que parecía estar más viva que el resto de él,
era como si dentro de él hubiese escondido otra persona, como si  ese  disfraz  del  enterrador solo
fuese una segunda piel, la epidermis de algo oculto.

  - Ah, si, claro. Pues sobre todo  tipo  de  cosas: terror, ciencia ficción, erótico... por no decir porno,
histórico, de aventuras... En fin, de todo un poco, menos fantasía.

  - Apuesto a que el sueño de tu vida  es  convertirte en un gran escritor, ¿me equivoco? - dijo mos-
trandome una sonrisa peculiar de actor de cine mudo.

  - ... Probablemente... Si, es mi gran sueño, desde luego.

  - Bueno, - me alargó la mano para que se  la estrechará, cosa que hice. - espero que tengas suer-
te, David. - y al entrechocarnos las manos pude sentir un escalofrío como una descarga de corrien-
te eléctrica que recorrió todo mi cuerpo.

  No le dí importancia al hecho de que el  enterrador supiera mi nombre. Llevaba cómics como para
entretenerme un buen rato. Con esa infantil ilusión, me alejé de la  plaza bajo el frío sol de Noviem-
bre.


III

Hasta aquí todo normal, ¿verdad? Pues fijaos que si. Mi vida transcurrió  los días posteriores como
de costumbre. Me levantaba temprano por  las  mañanas, hacía mi cama, fregaba los cacharros del
día anterior y, si tocaba ir al  gimnasio a mantenerse un poco en forma, pues iba, si no, me dirigía a
la ciudad en busca de trabajo. Me pasaba  por  la  oficina  de  empleo, llevaba  algunos curriculums
aquí y allá y me daba  largos  paseos  por  el casco antiguo de mi ciudad para tomar algunas fotos.
A veces iba a la biblioteca a ver si habían comprado material nuevo  o  me  pasaba por la tienda de
cómics para ver que cómics no me podía permitir comprar.
  Al tercer día fue cuando la  cosa  empezó a ir... ¿cómo decirlo?... ¿mal?, no para mí, desde luego.
En verdad empezó a ir del rollo, pero... En uno de mis paseos  cotidianos por  la  ciudad me encon-
tré con una de las escenas más escabrosas y terribles que os podáis imaginar, y no sería la única.

  Caminaba por la arteria  principal  que  lleva al corazón de la ciudad cuando, de improviso, un car-
nicero salió de una carnicería con  un  hachuelo  de  esos  de desmenuzar pollos en su mano dere-
cha. Con solo mirarlo a los ojos se podía saber que el tío estaba completamente  ido. Lo tenía justo
delante de mi, a unos diez  metros. Y cuando lo vi levantar el hachuelo y descargarlo en un hombre
que iba delante de mi agarrado al brazo de su mujer, se  me  encogieron los huevos. Me quedé pa-
ralizado como en el juego del  escondite ingles. El carnicero era lo suficientemente fuerte como pa-
ra hacer lo que hizo: cortar el brazo del hombre. El brazo  se  quedó  como  adherido  de  la manga
del brazo izquierdo de su mujer. Ésta, al mirar  el  brazo  como  si  fuera  otro  bolso  suyo y verle el
extremo opuesto chorreando sangre, se desmayo  cayendo  al  suelo con un golpe seco, como si le
hubieran disparado entre  ceja  y  ceja. El hombre  ni siquiera se dio cuenta de que le habían corta-
do el brazo hasta que  al  carnicero, que fue cuando empezó a decir: "Puta, puta, mas que puta", le
dio por meter, tajo tras tajo, en el cuello del tipo como  si  creyese  que  era  el  tronco de un árbol o
el cuello de un pollo en vez del de una persona, con la  misma  y  simple naturalidad. La sangre del                                                                                                                                                            
hombre empezó a fundirse  con  la  del  delantal del carnicero. Y antes de que al pobre hombre que
estaba siendo  decapitado  de  una  manera espantosa, le diera tiempo  a  rezar sus últimas oracio-
nes, la cabeza ya le estaba rodando por  la carretera. Entonces fue cuando a la gente le dio por gri-
tar, lo mismo llevaban ya vario rato gritando y yo ni me había  enterado debido a mi shock. Por eso,
cuando el carnicero se fijó en mí, yo no hice un misero  amago de apartarme de su camino. Lo veía
venir igual que uno ve un coche que se aproxima mientras nos  esmeramos  en cruzar un semáforo
que tenemos en rojo. Pero no  pude  reaccionar, por  no  poder, no  pude  ni  cerrar  los  ojos mien-
tras el carnicero se me abalanzaba con  el  hachuelo de nuevo en alto y gritando: "Puta, puta, puta.
Con lo que yo te he querido". Ahí vi el hachuelo rozándome  la  oreja  y  dirigiéndose  hacía alguien
que había tras de mí. De lo que pasó  tras  de  mí  el minuto siguiente, no me enteré de nada, salvo
de los gritos que me llegaban  de  todas partes. La gente, como era de esperar, corría de un lado a
otro. Algunas personas se ocultaban  en  portales cercanos  y  otras  se  subían  encima  de los co-
ches, el carnicero  tenía  pinta  de toro, la verdad, pero no  creo que  el subirse a los coches los hu-
biese salvado. Cuando fui capaz de dejar de mirar la cabeza cortada que había en el asfalto y pude
moverme lo suficiente como para girarme  y  ver  por encima de  mi hombro lo que sucedía a mi es-
palda, al carnicero ya lo tenían contra el suelo  unos tipos que, al parecer,  lo habían inmovilizado y
trataban de quitarle el hachuelo. Tras de mí, otro hombre; sabia que  era  un  hombre por su consti-
tución, y no  por  su  cara, ya que ésta se la había dejado el carnicero irreconocible, solo se veía un
hueco lleno de sangre donde antes había ojos, nariz, boca...
  La policía llegó  y  acordonó la zona para disgusto de algunos conductores que no sabían que ha-
bia ocurrido y tenían prisa por llegar a sus casas. Los cuerpos  casi  descuartizados fueron tapados                                                                                                                                                          
con sabanas para que la  gente morbosa y masoca dejara de vomitar. A mí me dieron arcadas, pe-
ro de ver a la gente vomitar, no de la sangre  que  teñía  media  avenida; todo un logro, teniendo en
cuenta que yo me  desmayo  cuando  me sacan una gota del dedo para comprobarme el azúcar en
el medico. No es lo mismo ver tu sangre que la de los demás. A la mujer  que  se había desmayado
se la  llevaron  en  una  ambulancia  aun inconsciente. Cuando se despertase creería que lo habría
soñado todo, pero...


  Al llegar a mi casa  creí  que  no  podría  comer, pero comí mejor que nunca. Por la tarde me puse
ante el ordenador para narrar lo que había visto esa mañana. Ea, ¿qué queréis  que  os  diga?, ese
hecho me inspiró sobremanera. No creo  que  sea  el  único  que se sienta delante del televisor a la
hora de comer para ver las desgracias  del mundo. Muchos dirán que les gusta ver las noticias, pe-
ro lo cierto es que lo que buscan es regocijarse en el  dolor ajeno, y quien diga que no, es el mayor
hipócrita del mundo. No hay nada  que consuele más a la gente que el mal de muchos. ¿Que clase
de salvoconducto puede tener un hombre ordinario  para  escapar  de la mala hostia que le pone el
jefe, el dolor de muelas, la perdida  de  acciones, o que  le están poniendo los cuernos, igual que al
loco carnicero? Podría elegir liarse a cuchilladas como  el  carnicero, pero, reconozcámoslo, eso no
es sano; entonces solo queda poner la televisión y ver un desfile tras otro de crímenes, violaciones,
huracanes, tiroteos, terremotos, en definitiva: muertes. Los  más  falsos dirán qué que pena, pobre-
cillos esos  pobres cabrones. Pero en  el  interior  de  sus  corazones, dirán: "Qué  se jodan. Menos
mal que hay alguien al que le  van  peor las cosas que a mí". Porque así es el ser humano, y punto.
  Al anochecer  ya  tenía  escrita, corregida  y  cuadriculada  mi  historia. Diez paginas. No me limité
solo a exponer lo que vi como si escribiese  un  articulo para un periódico; soy un escritor, nos gus-
ta exagerar las cosas, combinar esto con aquello, inventar lo otro  y  añadir  algo  de nuestra propia
experiencia.
  Esa misma noche lo mandé por mail  a  ocho editoriales, dos revistas y cinco concursos de relatos
en la red.
  Del mismo modo creí que no dormiría bien y que necesitaría una dosis doble de anestésicos de la
conciencia, pero dormí a pierna suelta.

  Una semana después, ni  una  sola  contestación. "Aún es pronto", me dije  para  animarme. Y así
siguieron otros tantos días.
                                                                                                                                                   

IV

De paseo otro día por la ciudad, pasó algo parecido  a  lo  de hacia algunos días, parecido en lo de
que murió alguien, pero  de  modo  distinto. Esa vez, un loco  al  volante  atropelló  a dos niños que
cruzaban por un paso de peatones. El loco del volante  era  un  conocido delincuente juvenil que se
dedicaba a robar coches  para  desguazarlos  y  vender las piezas sustraídas una por una. Esa vez
el tiro le salió por la culata  y  la  policía  lo  trincó, y de que modo. Según leí en el periódico local, la
policía lo persiguió por media ciudad antes de que el  mismo  se  estampase  contra  unos contene-
dores de basura, después  de  atropellar  a  los  niños. Un coche patrulla  que iba tras ellos, al ver a
los niños volando, como  si  hubieran  salido  del  cuento  de Peter Pan, pisaron  los frenos y no pu-
dieron evitar dar un volantazo que hizo volcar al coche  y  que éste diera tres vueltas de campana,o
más, antes de aplastar contra  una  pared a otras cuatro personas, entre las cuales estaban los pa-
dres de los dos niños. Otra era una estudiante  universitaria  y  un  hombre mayor. A los policías no
les pasó nada, salieron ilesos. Al delincuente  juvenil  unas  cuantas  magulladuras y poco más. To-
do eso ocurría  a  cien  metros  del  anterior "accidente" del carnicero, bajando hacia la plaza de to-
ros de la ciudad, en un punto  conocido  por  el  nombre  de "cuatro caminos". Yo estaba allí mismo
sentado en  una  plazoleta  cercana  esperando a  un colega. Lo presencié todo en primera fila. Ver
el coche de la policía dar unas cuantas  vueltas  de  campana  y  los  niños girando en el aire como
molinos de viento para luego partirse el cuello al  caer  al  suelo, eso sin tener en cuenta que ya es-
tarían reventados  por  dentro debido al impacto del coche, luego ver  los  sesos  de la universitaria                                                                                                                                                            
estrujados y resbalando por la pared de  la agencia de viajes que hace esquina, era algo que te ha-
cia dudar de si no estarías siendo testigo del rodaje de una película de acción. De nuevo las ambu-
lancias… y lo que suele pasar.
  Y otra vez me puse  a  escribir al  llegar  a  casa. Ya ni siquiera me molesté en mandar mi relato a
ninguna editorial o concurso.

  Días más tarde, un incendio  se  declaró  en  otra  céntrica calle de la ciudad y, que boda sin la tía
Juana, yo también pasaba por allí. De nuevo, la gente rodeando  la  zona  como si aquello fuera un
circo, y no penséis que estaban  allí para echar una mano, algunos incluso comían palomitas mien-
tras algunas personas  envueltas  en  llamas  saltaban  por las ventanas para ir a reventarse veinte
metros más abajo. Parecían meteoritos  caídos  del espacio. Los bomberos  pusieron colchones de
esos inflables para que la gente saltara sobre ellos, pero cuando  se  te  esta  quemando el culo, es
lógico no  apuntar  bien  y  salirse fuera del tiesto. A mi todo aquello, que ya era el pan de cada día,
no me impresionó más de lo que lo hizo  el carnicero o los sesos de la universitaria que aún dan al-
go de color a la pared blanca donde se los estrujaron.

  Y de nuevo, otra historia que contar.

  Al final decidí crear un relato  más  extenso  con  esas  historias  y  llegué  a  escribir cien páginas.
Luego  un  colega  me  comentó  lo  de hacerme un blog para colgar mis cosas. Al cabo de otro par
de días lo colgué ahí, no sin antes darle algo  de  publicidad en otras paginas Web. A la mañana si-
guiente de publicarlo  tenía  diez  mil quinientas veintisiete visitas. Miré bien haber si es que me ha-
bia equivocado de blog o algo, pero no, era el mío: donde tú estas ahora mismo.


V

No hay mayor satisfacción, para alguien  que  lleva tanto tiempo esperando a que le publiquen algo
en alguna editorial, que el hecho de que esas mismas editoriales, que lo más probable es que ni si-
quiera se molestasen en hojear un poco por encima  mis escritos, ahora me estén lamiendo las pe-
lotas para dejar que me publiquen alguna de mis novelas. Al cabo  de  pocos  días, las diez mil visi-
tas se convirtieron en cien mil, y luego  en  medio millón. Entre todos esos seguidores habría, como
aves rapaces y crápulas que son, algún editor  interesado  en  el  oro  que  fabricaban mis dedos. A
punto estuve de caer en la tentación, pero viendo el cariz que estaban tomando las cosas, y a sabi-                                                                                                                                                          
endas de que autoeditándome era poco probable que perdiera mi dinero, el poco que había podido
ahorrar en trabajos de mierda, decidí hacerlo. Si, vale, yo mismo  tuve que distribuir mis obras y lle-
varlas bajo el brazo a una imprenta, no sin antes pasar por el registro de autores.

  La primera semana, mi relato  extenso  titulado "La furia de los condenados", vendió  tres millones
de copias, solo  en  España. Todo un record, ni  siquiera  superado  por “Los pilares de la tierra” de
Ken Follet.

  Después de todo eso, pues ya sabéis: viajes de  un lado para otro del mundo, firma de libros, pro-
ductoras interesadas en hacerse con  los derechos para la película, comida con grandes celebrida-
des de la cultura popular; aquí tengo una  foto  con el gran Stephano King, le solté cuatro verdades
sobre sus historias, pero el  tío  se  lo  tomó con filosofía, un tío majo. Me harté a follar como un ca-
brón con mis fans femeninas, algunas de las cuales  me  pedían  mientras lo hacíamos que recitara
alguna parte  concreta  de  alguna  de  mis  novelas, cosa a  la  que  accedía si ellas me concedían
a mí la fantasía de no quitarse esas gafas de seudo inteligentes (montura de  pasta  con enormes y
grotescos cristales) que algunas llevaban, yo soy más friki que nadie.
                                                                                                                                                           
                                                                                                                                                           
  Al año siguiente escribí otras dos novelas, esa vez  si  que tenía la inspiración suficiente para ello,
lo que equivalía a que un  buen porcentaje de personas murieran irreversible e inevitablemente. En
el gimnasio al cual iba, a un tipo, que  estaba  haciendo  pectorales, de repente y sin saber porque,
perdió las fuerzas repentinamente, los doscientos  sesenta  kilos  que  estaba levantando, le aplas-
taron la caja torácica, lo que  convirtió  su  boca en una fuente que emanó sangre durante unos an-
gustiosos segundos, un Mr. Esteroides chulito menos  en  el  mundo, de nada. Mi vecino se ahorcó
en el  salón  de  su  casa  mientras  cambiaba una  bombilla, de esto si que no tengo constancia de
como ocurrió; podríamos aventurar y  decir que  a  lo mejor, temeroso de recibir una descarga elec-
trica, desenrolló la bombilla con la corbata, se resbaló de la silla  y  la  corbata  quedó  enganchada
en la lámpara y... No creáis que la  cosa  iba  en  plan Death Note, yo no elegía quien era el que te-
nía o debía morir, de haber sido así, me hubiese  hartado  a  pajearme  con el bolígrafo escribiendo
nombres y nombres de mal nacidos  que  guardo en mi lista negra, lo más probable es que hubiera
necesitado dos cuadernos de Sinigami, el mundo esta  lleno  de  gente  que no merece quitarnos el
aire que respiramos. Generalmente, no conocía  ni de vista a la gente que moría, a veces había su-
erte y caía alguien que se  lo merecía, pero  otras  tantas  no; entre  los  que  morían  y  no estaban
incluidos en  las categorías de "Quienes se lo merecen" y  los "Me dan lo mismo", estaba ese punto
intermedio de "Los conocía un poco", lo suficiente  como  para  replantearme mi situación... ¿Y qué
situación era esa? Yo no mataba a nadie, la gente  moría  a  mi alrededor: es ley de vida; unos mu-
eren para que otros podamos vivir, vivir y  ser  escritores  de  éxito, vale, pero no me sentía tan cul-
pable como para dejar de seguir escribiendo. Si algo he  aprendido  de la lectura de la biblia satani-
ca de Anton Szandor LaVey, es  que  cuando  maldices a alguien no has de pensar en el posible y,
por otra parte, pequeño, mal que le haces a esa persona sino  en  el  grandioso bien que harás a el
resto del mundo, que son muchos y aquí siempre gana la mayoría.
  Pero no es tan fácil decirlo como hacerlo. Al final mi obsesión  por escribir fue tal que tuvieron que
encerrarme en un hospital mental, es que  manicomio me suena mal, más cuando estoy considera-
do como loco. No sé si sabéis como funciona el tema este de escribir; os diré que, cuando a un es-
critor se le ocurre una idea y le viene la inspiración, ha de escribirla aunque sea a las tres de la ma-
drugada (hablo por mi experiencia personal... y creo que por la  de muchos otros) Cuando una idea
persiste ahí, hay  que  sacársela  de encima como una espina clavada en el dedo con el cual escri-
bes. Por mi parte, también influye el hecho del miedo que tengo a que se me olviden las cosas, so-
bretodo cuando considero que son la hostia de buenas.
  Así que me obsesioné, yo, que soy de carácter ya de por si obsesivo (cosa que hecha por tierra el
hecho de que  el  enterrador  fuera  el diablo... aunque sigo pensando que lo era), me obsesioné de
tal manera  que  durante  una  semana  no  pude  dejar  de  escribir ni un segundo, ni dormir, ni co-
mer, ni de nada. En el  hospital  mental  la  psiquiatra  que me atendió me  dijo que intenté suicidar-
me tirándome por la ventana, no  me  acuerdo, la verdad. Mi familia me comentó que por suerte me
quedé enganchado en el tendedero de  la  vecina  de abajo por un pie. Creo que todo encajaba, no                                                                                                                                                            
solo por el dolor en  el  pie  y  la  marca  de la cuerda, cuando estaba en el hospital mental, a veces
me miraba en algún espejo y no era capaz  de  reconocerme. Parecía  una  mezcla  entre zombie y
yonki venido de otro planeta. Pero no hay ninguna crisis neurótica-obsesivo-esquizo-noica-depresi-
maniaca que no pueda curar la farmacología y un mes con una camisa de fuerza encerrado en una
sala acolchada  y  echando  espuma. Durante mi delirio, dicen  que  decía, "No puedo más, no pue-
do más"; lógico, tenía los dedos tan agujeteados, doloridos  y  desgastados que  no hubiera encon-
trado mis  huellas  dactilares  ni  Perry Mason. Ahora miró  los teclados destrozados que tengo aquí
junto a mí y empiezo a recordar con  más claridad. Escribí material para un libro de relatos escabro
sos en esa semana, aquí tengo los folios junto a mí, no estoy  seguro  de  si  los  llegaré a publicar.
De hecho no sé si llegaré a publicar más nada. Creo que  no  es conveniente hacerlo, por lo menos
del modo en el que lo hacía. Me conformaré  con  escribir  relatos  como éste, algún guioncillo, tea-
tro, poesía, cómics y algo porno erótico, pero todo  en  plan  normal, como lo solía hacer antes de ir
a la feria anual del trueque.

  Otra cosa que me resulta curiosa, por no decir  extraña, es el hecho de que no le dieran importan-
cia, durante mi instancia en el hospital mental, al hecho de  que  la gente muriese a mi alrededor. A
los muy mamones les importaba poco que viviese  un demente mas o menos, ¿veis a lo que me re-                                                                                                                                                          
fiero cuando digo que el mundo es un lugar donde nadie se preocupa por nadie?

  Lo cierto es que, endemoniado  o  no, caminaba con  la  muerte  a  mi  lado. El mismo día que salí
del hospital mental yo solo, ningún amigo vino a visitarme durante mi reclusión ni  se acercaron a la
puerta del hospital para esperarme, es lo que tiene pasar por un hospital mental, quedas estigmati-
zado y echado a un lado  para  casi  todo el mundo, al final  solo  queda  la  familia, nos guste o no;
pues a un tío le dio por tirarse por  una  ventana desde el séptimo piso para ir a caer justo a un me-
tro frente a mí, tres pasos  más  y  ahora  estaría  hecho papilla. Entonces se  me ocurrió pensar en
que no solo llevaba la muerte haya por  donde iba, sino que ésta me protegía, ¿que sentido tendría
sino el hecho de que el carnicero del hachuelo me pasará  de  largo rozándome la oreja, quedarme
enganchado en el tendedero de  la vecina o que el que se lanzó sin paracaídas no me cayese enci-
ma? Casualidades, dirán los escépticos, aunque  yo  no  lo creo. Seguramente acabe muriendo co-
mo todo el mundo, pero... me gustaría llevarme  a  más por delante, de buen rollito, eh, ya os he di-
cho que no voy a escribir más sobre muertes reales.


VI

  Así que, aquí llevo encerrado en mi  habitación medio año. No salgo ni para comer, cagar o mear.
He hecho una rendija bajo la puerta para que mi gente me  pase  la  comida y el orinal. Algunos me
dicen que me eche una novia a  ver  si  se me va la tontería, que todo esto es cosa de la edad (soy
un treintañero) Pero no penséis que hago este  sacrificio  por  el  resto  del  mundo, lo hago por mí,
por mi salud física y mental. Muchas noches sueño  con  el tipo que se lanzó desde el séptimo piso
del hospital y fue a caer frente a mí. En el sueño me salpica la sangre de su cabeza en el pantalón,
y no se me  ocurre  otra  cosa  en  la que pensar que en como haré para limpiármela. No soy un in-
sensible por naturaleza, el mundo me ha hecho así. El tipo que  yace en el suelo hecho una isla ro-
deada de sangre, me mira desde su cara destrozada y dice:

  - Bueno, ¿qué?, me he tirado para  que  puedas  tener la inspiración suficiente para poder escribir
otra de tus novelas macabras; no te olvides de, por lo menos, dedicármela.

  Diréis que toda esta historia tiene su moraleja, y no os faltará razón, pero para mí no es la que es-
taís pensando, que hay que  tener  cuidado  con lo que se desea, sino, no se os ocurra ir a cambiar
vuestros viejos libros a la feria anual del trueque y, sobretodo, no firméis  un pacto dándole la mano
a alguien parecido al enterrador de la lucha libre de los noventa.

  Para terminar, solo tengo una duda  que  nunca  he podido averiguar, ¿la gente que lee lo que es-                                                                                                                                                          
cribo terminarán por ser una inspiración más  para  futuras historias de otros incautos como yo? En
cualquier caso, si habéis llegado hasta aquí, ya es tarde para vosotros.



Entre el 13 y el 16 de Diciembre del 2012